El peso del arrepentimiento y las señales del cuerpo: Nuestra batalla en la tormenta [esp-eng]
Como se acostumbra a decir en el mundo digital, especialmente en las plataformas de video, "les daré contexto". Del mismo modo, hoy quiero compartir el mío, con la profunda esperanza de que este camino que he recorrido junto a mi familia sirva como una dura pero necesaria advertencia para otros.
Tal como señala el amigo , arrepentirse ante los sucesos consumados y pretender regresar el tiempo atrás es un acto ilógico. Sin embargo, la palabra divina también nos recuerda que “de arrepentidos es el reino de Dios en el cielo”.
En mi caso, YO SÍ ME ARREPIENTO. Me arrepiento porque, en su momento, debí ser mucho más insistente ante los primeros síntomas que presencié. Preferí respetar una voluntad ajena antes que "pegar el grito en el cielo".
Todo comenzó el año pasado, en el mes de junio. Las primeras manifestaciones fueron una saciedad temprana (llenura prematura al comer) y eructos constantes. Con el tiempo, estos síntomas parecieron disiparse lentamente, simulando una falsa vuelta a la “normalidad”. No obstante, aquella sintomatología, que solo estaba dormida, volvió a despertar con mayor agresividad. Reapareció la saciedad temprana acompañada de una marcada disfagia (dificultad para tragar); sentíamos que la comida se quedaba atrapada a nivel del esófago y de ahí no avanzaba. El alimento pasaba gran parte del tiempo luchando por ingresar al estómago para iniciar el proceso de digestión, impidiendo que el cuerpo absorbiera los nutrientes y eliminara los desechos.
Posteriormente, los síntomas empeoraron. Apareció un reflujo gastroesofágico severo que él atribuyó erróneamente a una simple gastritis. Debido a esto, su alimentación cambió notoriamente: eliminamos las grasas, los condimentos picantes, las bebidas gaseosas y los alimentos flatulentos. Sin embargo, esta medida solo ofreció una calma momentánea.
Los episodios siguientes fueron radicales. Los alimentos sólidos desaparecieron por completo de la mesa. Su dieta diaria se redujo a cremas licuadas a base de pollo, papa, zanahoria, zapallo amarillo y zapallo italiano (calabacín) sin cáscara ni semillas, espesadas con un puñado de arroz.
Lamentablemente, estas preparaciones se convirtieron en un mero "mantenedor" biológico más que en una verdadera fuente de nutrición. El peso comenzó a disminuir de forma drástica. Con el avance del cuadro, aparecieron los episodios de vómitos frecuentes, caracterizados por una especie de espuma blanca similar al merengue en su etapa inicial, que no era otra cosa que el moco gástrico protector del propio estómago segregado ante la irritación extrema.
Ante la evidente pérdida de peso, la deshidratación y la aparición de parestesia (hormigueo) en sus piernas, acudimos a la urgencia hospitalaria el pasado 26 de mayo. Pasamos el día entero en el recinto asistencial hasta que, finalmente, a eso de las 22:50 horas, lo llamaron para su evaluación.
Ingresé con él; sus niveles de alerta estaban comprometidos y se le enredaban las palabras, por lo que tomé la vocería y expuse detalladamente la cronología de su estado de salud.
El protocolo médico fue inmediato. Su pérdida ponderal ya se catalogaba como una desnutrición severa: presentaba un peso de apenas 68 kilogramos para una estatura de 1,80 metros. El primer examen diagnóstico fue una tomografía computarizada (TC) de tórax, abdomen y pelvis con contraste (escáner), cuyo informe arrojó los siguientes hallazgos:
A nivel pulmonar: Presencia de dos pequeños nódulos bilaterales de 6 milímetros de diámetro.
A nivel gástrico: Una masa tumoral evidente en la pared del estómago y una estenosis pilórica (obstrucción o estrechamiento del píloro) secundaria a la inflamación y al daño por reflujo ácido.
Ante este panorama, el diagnóstico diferencial de los especialistas se baraja entre dos opciones principales:
Adenocarcinoma gástrico (cáncer gástrico).
Tumoración digestiva (por determinar benignidad o malignidad mediante histopatología).
Frente a este escenario, se procedió a su hospitalización inmediata en una unidad de cuidados profesionales. Se le realizó una endoscopia digestiva alta con toma de biopsia para el análisis anatomopatológico. Para estabilizar su estado nutricional y frenar los vómitos, se le instaló una sonda nasogástrica (SNG) para alimentación enteral directa al estómago, además de iniciar una fluidoterapia constante (suero) y la administración endovenosa de vitaminas B1 (tiamina) y D.
Asimismo, nos encontramos a la espera de la programación de una Tomografía por Emisión de Positrones (PET-CT) para una estadificación celular más precisa.
Afortunadamente, este lunes 8 de junio se llevó a cabo una intervención paliativa crucial: una endoscopia terapéutica para la instalación de una prótesis endoluminal autoexpandible (malla tubular gástrica). Este dispositivo se expande en la zona obstruida, desplazando la masa hacia un costado para liberar el tránsito digestivo y permitir que pueda volver a alimentarse por vía oral.
El médico nos informó hoy que el procedimiento fue un éxito rotundo, razón por la cual se procedió al retiro de la sonda nasogástrica. Actualmente se encuentra bajo régimen cero (ayuno absoluto) por 48 horas para asegurar la correcta fijación de la prótesis. Mañana martes iniciará la tolerancia hídrica con pequeños sorbos de agua, para progresar el miércoles a una dieta líquida/papilla, el jueves a una dieta blanda/sólida y, finalmente, evaluar su alta médica de retorno a casa.
Una vez que recupere el peso y la estabilidad nutricional, continuaremos con el tratamiento oncológico o quirúrgico definitivo, siguiendo las pautas médicas que sean óptimas para él.
Este es mi contexto. Un escenario donde me arrepiento profundamente de no haber sido más inflexible con mi esposo, de no haber exigido una consulta médica temprana. Pequé de ingenua al creer que solo se trataba de una gastritis que mantendríamos a raya. Pero la enfermedad avanzó, silenciosa al principio, para gritar con fuerza ahora; dejando a su paso miedo, terror, dolor, incertidumbre, la dura separación de la hospitalización, soledad y, de nuevo, más miedo.
Me arrepiento sabiendo que quizás una acción oportuna habría cambiado el rumbo de esta historia. Pero, tal como escribe , por más que me arrepiente no puedo congelar ni retroceder las manecillas del reloj. No viajaré al pasado ni podré enviarme un mensaje de alerta en letras rojas que diga: "Tengan cuidado cuando sientan que la comida no baja".
Este doloroso proceso ha sido el motivo de mi total ausencia en las plataformas. Mi mente no lograba conectar ideas; mis días se resumían en llorar a escondidas en el baño para que mis hijas no notaran mi quiebre. Ante ellas, debo ser una roca inquebrantable, la capitana de un barco que ha navegado por la tormenta más oscura y violenta que nos ha tocado enfrentar. Hoy, lunes 8 de junio, puedo decir que la tempestad finalmente ha comenzado a cesar, y a lo lejos, se divisa el muelle donde, muy pronto, lograremos atracar a salvo.
English
As is customary in the digital world, especially on video platforms, “I’ll give you some context”. In the same vein, today I want to share mine, in the sincere hope that this journey I have undertaken alongside my family serves as a harsh but necessary warning to others.
As my friend points out, regretting events after the fact and trying to turn back time is illogical. However, the Word of God also reminds us that “the kingdom of heaven belongs to those who repent”.
In my case, I DO REGRET IT. I regret it because, at the time, I should have been much more insistent when I first noticed the symptoms. I chose to respect someone else’s wishes rather than “cry out to heaven”.
It all began last year, in June. The first signs were early satiety (feeling full too soon when eating) and constant belching. Over time, these symptoms seemed to slowly fade away, giving the false impression of a return to ‘normality’. However, those symptoms, which had merely been dormant, re-emerged with greater intensity. The early satiety returned, accompanied by marked dysphagia (difficulty swallowing); we felt that food was getting stuck in the oesophagus and wouldn’t go any further. The food spent much of the time struggling to enter the stomach to begin the digestion process, preventing the body from absorbing nutrients and eliminating waste.
Subsequently, the symptoms worsened. Severe gastro-oesophageal reflux developed, which he mistakenly attributed to simple gastritis. Because of this, his diet changed significantly: we eliminated fats, spicy seasonings, fizzy drinks and flatulent foods. However, this measure offered only temporary relief.
The subsequent episodes were drastic. Solid foods disappeared completely from the table. His daily diet was reduced to blended purées made from chicken, potato, carrot, yellow squash and courgette (zucchini), peeled and seeded, thickened with a handful of rice.
Unfortunately, these preparations became merely a biological ‘maintenance’ rather than a true source of nutrition. His weight began to drop dramatically. As the condition progressed, episodes of frequent vomiting occurred, characterised by a kind of white foam similar to meringue in its initial stage, which was nothing other than the stomach’s own protective gastric mucus secreted in response to extreme irritation.
Faced with the obvious weight loss, dehydration and the onset of paraesthesia (tingling) in his legs, we went to A&E on 26 May. We spent the whole day at the hospital until, finally, at around 10.50 pm, he was called in for assessment.
I went in with him; his alertness was compromised and his speech was slurred, so I took the lead and explained the chronology of his health condition in detail.
The medical protocol was immediate. His weight loss was already classified as severe malnutrition: he weighed just 68 kilograms for a height of 1.80 metres. The first diagnostic test was a contrast-enhanced computed tomography (CT) scan of the chest, abdomen and pelvis, the report of which revealed the following findings:
In the lungs: Presence of two small bilateral nodules, 6 millimetres in diameter.
In the stomach: A distinct tumour mass on the stomach wall and pyloric stenosis (obstruction or narrowing of the pylorus) secondary to inflammation and damage caused by acid reflux.
Given this picture, the specialists’ differential diagnosis is being considered between two main options:
Gastric adenocarcinoma (stomach cancer).
Digestive tract tumour (to be determined as benign or malignant via histopathology).
In light of this scenario, he was immediately admitted to a specialist care unit. An upper gastrointestinal endoscopy was performed, with a biopsy taken for histopathological analysis. To stabilise his nutritional status and stop the vomiting, a nasogastric tube (NGT) was inserted for direct enteral feeding into the stomach, in addition to initiating continuous fluid therapy (saline) and the intravenous administration of vitamins B1 (thiamine) and D.
We are also awaiting the scheduling of a Positron Emission Tomography (PET-CT) scan for more precise staging of the cancer.
Fortunately, on Monday 8 June, a crucial palliative procedure was carried out: a therapeutic endoscopy to insert a self-expanding endoluminal prosthesis (gastric tubular mesh). This device expands in the obstructed area, pushing the mass to one side to clear the digestive tract and allow him to resume oral feeding.
The doctor informed us today that the procedure was a resounding success, which is why the nasogastric tube was removed. He is currently on a zero-food regimen (complete fasting) for 48 hours to ensure the prosthesis settles correctly. Tomorrow, Tuesday, he will begin fluid tolerance with small sips of water, progressing on Wednesday to a liquid/pureed diet, on Thursday to a soft/solid diet, and finally, we will assess his discharge to return home.
Once he has regained his weight and nutritional stability, we will continue with definitive oncological or surgical treatment, following the medical guidelines that are best for him.
This is my situation. A scenario in which I deeply regret not having been more insistent with my husband, not having insisted on an early medical consultation. I was naive to believe it was just gastritis that we could keep under control. But the disease progressed, silently at first, only to scream loudly now; leaving in its wake fear, terror, pain, uncertainty, the harsh separation of hospitalisation, loneliness and, once again, more fear.
I regret it, knowing that perhaps timely action might have changed the course of this story. But, as writes, however much I regret it, I cannot freeze or turn back the hands of the clock. I will not travel back in time, nor can I send myself a warning message in red letters saying: ‘Be careful when you feel that food isn’t going down’.
This painful process has been the reason for my complete absence from social media. My mind couldn’t string thoughts together; my days were spent crying in secret in the bathroom so my daughters wouldn’t notice my breakdown. In front of them, I must be an unbreakable rock, the captain of a ship that has sailed through the darkest and most violent storm we have ever had to face. Today, Monday 8 June, I can say that the storm has finally begun to subside, and in the distance, we can make out the jetty where, very soon, we will be able to dock safely.
Créditos/Credits:
Las imágenes fueron creadas en Gemini AI.
El texto fue traducido en DeepL versión free.
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