Una terrícola en Titán - Capítulo treinta y cinco
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Un ruido nos sobresaltó. Uno de los custodios de la Casa Común entró corriendo; se acercó a Romulius, quien se encontraba en compañía de su contraparte V’adh, de nombre Kirgis. Las miradas de ambos fueron una mezcla de sorpresa y estupefacción.
Acercándome a Yongqi, le pregunté qué sucedía. “Por lo que supe, llegó un pequeño grupo de forasteros. Imperiales, se sospecha”, contestó.
Desvié mi mirada hacia la salida por donde fueron Romulius y Kirgis en compañía de sus hombres. Volviéndome hacia Yongqi, le pregunté: “¿Crees que sea Creonte?”
“No. Ese cabrón no se anuncia como cualquier hombre de bien. Ese entra como un ladrón a una casa ajena, armado hasta los dientes y con un pequeño ejército detrás suyo. Podría ser algún noble cuya partida se perdió durante la cacería imperial”.
“¿Siempre llegan aquí ese tipo de gente?”
“Son ocasiones muy raras, Güzelay. Muy raras...”.
Un guardia se acercó a nosotros y nos pidió que fuéramos con él a la sala de audiencias, pues habíamos sido convocados por Romulius. Cuando Yongqi cuestionó la orden, el hombre respondió que el grupo de imperiales estaba buscándome.
Mi corazón dio un vuelco. Pensé que todos me creían muerta, que nadie me buscaría. Que yo podría marcharme al Convento de Las Nornas sin ser perseguida. Pero al parecer Dios, el destino o lo que sea ha decidido arruinarme la ilusión de escape y entregarme de vuelta a la corte.

La sala de audiencias era la pieza más amplia del edificio. En cada una de sus columnas pendía una antorcha de éter, cuya llama anaranjada parecía cobrar vida si uno le miraba de forma fija. En el centro de la sala, elevado por siete escalones, se encontraba un trono de madera cubierto de pieles. Pero Romulius no se encontraba sentado en el trono en estos momentos; más bien estaba a los pies del trono, platicando seriamente con Kirgis y tres personas con ropas raídas, signo inequívoco de habían tenido varios días de travesía.
Me detuve abruptamente al reconocer de espaldas a dos de esas personas.
“No puede ser… ¡¿Gülbahar?! ¡¿Duquesa Marguerite?!”, murmuré.
Las dos mujeres se volvieron. La duquesa se llevó las manos a la boca mientras Gülbahar salía a mi encuentro. Las dos nos abrazamos con fuerza, llorando, felices de encontrarnos en esta tierra de maravillas. Luego me volví hacia la duquesa, a quien también abracé. Su compañero, un hombre joven de aproximadamente 22, 23 años, se acercó con timidez; Gülbahar me lo presentó como Cronio, un joven piloto que las sacó de la nave poco antes de la explosión.
Miré a los tres con asombro. “Si ustedes están aquí, quiere decir que los demás...”
Marguerite bajó la mirada mientras que Gülbahar, con tristeza, me explicó: “El duque y los demás se quedaron. Solo había espacio para dos”.
Aquellas palabras me dejaron estupefacta. “Solo para dos… Oh, duquesa… Gülbahar… Yo… Lo siento”.
“No, mi niña… No es tu culpa. Fueron esa mujer y su familia. Ellos fueron los causantes”, me dijo la duquesa con una mirada llena de dignidad.
“Yo también lo sospecho. No podía ser de otro modo. Ellos veían a ustedes como rivales a eliminar. De ese modo debilitarían más la posición de Haeghar como príncipe heredero”.
“Eso quiere decir que si a nosotros casi nos matan, es probable que hagan lo mismo con Meleke”, dijo Gülbahar.
Asentí. “A mí me intentaron matar al entregarme a un jefe corrupto de los V’adh para ser sacrificada luego de que nos emboscaran a mí y al marqués de Fertz cerca de un río sagrado”.
“¿El marqués estaba contigo?”
“Sí. Íbamos de expedición en busca del bóob”.
La duquesa sonrió quedamente. “Viggo siempre buscando seres míticos… ¿Y cómo escapaste?”
“Digamos que el trestios encontró en el scordipiox de lava un rival digno. Eso y las enseñanzas de mi abuelo respecto al uso de la flora y fauna a mi favor en una selva, aunque no tenía previsto treparme por accidente en el lomo de una tsukán”.
“¡¿Tú qué?!”, exclamó Gülbahar.
La duquesa rio a carcajadas y exclamó: “¡Eres idéntica a tu abuelo, mi niña!”
Un silencio se instaló entre nosotros. Miré a la duquesa con detenimiento; iba a preguntarle algo cuando me acordé de las palabras de Menerptah: Las pistas estuvieron ahí todo este tiempo, pero el tiempo es sabio: todo se revela a su debido momento.
“Espera…”, musité antes de desviar mi mirada hacia Menerptah, quien se encontraba junto a Romulius, Kirgis y Yongqi.
Fue en ese momento que comprendí lo que quiso decirme Menerptah al recordar la muerte de mi abuelo, quien falleció de una complicación por su herida en el costado luego de ser asaltado en la central de autobuses. “Una herida envenenada…”, musité.
Desvié mi mirada, tratando de procesar esta revelación. Mis ojos amenazaban con inundarse de lágrimas.
“Gran Shaman Menerptah… Usted recibió a Hanis Bey aquí., ¿verdad?”, dije. “Su herida… Mi abuelo tenía una herida muy profunda que se había tornado negra en cuestión de horas… Esa negrura abarcó parte de su cuerpo… Hanis Bey… Hanis Bey murió del mismo modo".
Mirando a todos los presentes, concluí: "Hanis Bey era mi abuelo Pedro".

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