Crónicas de un residente de pediatría - Medicina basada en la evidencia / Supersticiones y manías
Con el tiempo he descubierto que los residentes no solo acumulamos ojeras y guardias, también acumulamos rituales secretos antes de cada turno. No sé si llamarlos supersticiones, manías o simplemente mecanismos de defensa, pero todos tenemos esas pequeñas costumbres que, de alguna manera, sentimos que nos preparan para sobrevivir a la guardia que está por venir.
En mi caso, la primera manía es el kefir pre-guardia. Un batidero de frutas + kefir, que parece un escudo contra el cansancio. A veces me engaño y digo: “no, hoy no lo necesito”, pero la verdad es que sin ese primer sorbo siento que no arranco. Es como si el kefir fuera el botón de encendido del modo residente. Un gusto adquirido recientemente, así estilo frappe muy frío, alegra el día.
Luego está la revisión de la bata. Esa sí es una escena digna de película: saco todo, vuelvo a guardar, lo vuelvo a sacar, reviso que esté el bolígrafo de la suerte, el marcador que nunca presta, las tijeritas, el tensiómetro, los caramelitos escondidos (porque nunca se sabe). Aunque ya sé que está todo allí, lo reviso como si fuera la primera vez. Creo que esa manía me da cierta sensación de control en medio del caos que sé que me espera.
Otra superstición que nunca falla es la famosa frase: “hoy estará tranquilo”. La hemos dicho todos y siempre sabemos lo que pasa después: ¡la guardia se convierte en un festival de emergencias! Es como si el hospital escuchara y dijera: “¿tranquilo? Ajá, ya verás”. Por eso muchos ya ni se atreven a pronunciarla en voz alta, porque sienten que trae mala suerte.
También tengo mi pequeño ritual de comida previa. Sé que probablemente en la guardia comeré rápido o cualquier cosa improvisada, así que trato de darme un gustico antes: una arepa, un pedazo de chocolate, algo que me recuerde que todavía soy un ser humano antes de convertirme en zombi de pasillos. Es como un abrazo anticipado a mí misma.
Y si hablamos de manías, no puedo dejar por fuera el bolígrafo preferido. Ese que escribe suave, que no se tranca, que ya casi es parte de mi mano. He llegado a sentir que si no lo tengo, la guardia no fluye igual. Es irracional, lo sé, pero esas son las pequeñas supersticiones que nos mantienen cuerdos.
Al final, todas estas costumbres no son más que maneras de buscar seguridad en medio de lo impredecible. La guardia siempre será un misterio: puede ser tranquila o puede sentirse como una maratón sin meta. No lo controlamos. Pero esas manías, esas pequeñas rutinas, nos hacen sentir que llevamos al menos un pedacito del control en el bolsillo.
Y quizá eso sea lo más bonito: que detrás de cada superstición hay un residente que, a pesar del cansancio, sigue encontrando formas de resistir con humor, con rituales sencillos y con la esperanza de que, pase lo que pase, al final de la guardia siempre habrá un nuevo día que nos recuerda por qué estamos aquí. Por los momentos me despido. Nos vemos en la siguiente publicación con más anécdotas nosocomiales.
NOTA IMPORTANTE: Todas las imágenes son de mi propiedad, tomadas desde mi dispositivo móvil modelo I Phone 12
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