La traviesa de Mailiú (Parte 2)
La traviesa de Mailiú (Parte 2)
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La chica lo observó todo con expresión expectante y se sonrió de forma encantadora cuando el empleado volvió a posar su mirada en ella.
—Has hecho bien, Lucio... ven a mi lado, no voy a comerte.
Lucio vio como la muchacha se incorporaba y caminaba lentamente de rodillas sobre la cama, mirándolo como si lo invitara a subirse con ella, y por su parte también se encaminó a su encuentro.
—Está... preciosa, señorita... y huele tan bien —musitó cuando se detuvo.
La mano de la muchacha le acarició su pecho con gráciles movimientos femeninos y sintió como su cuerpo reaccionaba con violencia a la caricia.
Es posible por ese motivo los ojos delineados en negro se pusieron a pasear del rostro de duras facciones a la bragueta de los pantalones y demoraran un poco más de lo debido en ese último sitio.
—¿Lo crees de veras? Debes saber que hace rato te observo, Lucio, SSSSSH, y me gusta como te ves así tan varonil.
La forma más bien indecente de expresarse de la chica no calmaron precisamente a Lucio y una mano de éste no tardó en posarse en una de las curvadas caderas y la sobó levemente.
La muchacha a su vez se rió un poco con una risa cristalina y su propia manito descendió también hasta la contundente silueta en los pantalones.
—En realidad no soy de esos, señorita, pero con usted no puedo controlarme —musitó Lucio mirando como era manoseado, y agarró a su compañerita con fuerza para pegarla a su cuerpo.
—¡Ay, Lucio, sí! Me gusta como me agarras así, eres un verdadero macho y me calienta el olor a gasolina... pero tutéame como te tutéo, anda, si ahora nos conocemos más... no creas no podré satisfacerte como se debe con lo mío.
La chica se mordió los labios todavía negando, por sentir con su mano lo que le tenían reservado, o puede y fuera por como las manos del hombre se posaron ahora en su retaguardia y la frotaban.
En un dos por tres se sintió arrobada y envolvió a su invitado con sus brazos por encima de los hombros de éste.
—¿Quién lo hubiera creído? —murmuró Lucio viendo como la chica se le pegaba así.
—Sí, papi, y sé hacerlo bien con un hombre, anda, cógeme duro las nalgas, SSSSSH, a la puta de Mailiú eso le gusta mucho y lo desea —pidió la chica y el empleado no tardó en complacerla.
La señorita se rió nerviosamente con los zarandeos y permitió que su compañero la besara en los labios con evidentes ganas, y después colaboró cuando las callosas manos comenzaron a despojarla de la ropa, como con deseos de poder disfrutar mejor de las blancas redondeces donde pronto se pudo ver como se perdía una diminuta braguita negra.
—Que culo tienes, nunca lo hubiera imaginado —dijo Lucio sorprendido mientras comprobaba el peso de los abultamientos, y la chica se rió de nuevo y se separó para sacarse la blusa.
—¿De verdad te gustan mis nalgas, Lucio? Tienes razón, tengo un estupendo culo de zorra, un culo caliente, si bien no se me nota tanto por mis ropas holgadas de costumbre —dijo Mailiú asintiendo, viendo como era observada.
En su pecho más bien plano, como si tuviera mucho menos de diecinueve, resaltaban unos senitos poco desarrollados todavía.
Lucio estuvo mirando los pechitos, y las curvaturas del cuerpo de una piel tan pálida, y después volvió a atrapar a la muchacha, la cual por su parte también se restregó con fuerza contra el cuerpo masculino.
Mailiú volvió a besar a Lucio a la vez que sus manitos iban desabotonando las prendas del hombre, hasta que pudo descubrirle las robustas espaldas.
—Pero enséñame tu polla parada, anda, SSSSSH, te enseñé lo mío y he soñado tanto con ella —pidió separándose un poco.
El hombre pronto estuvo vestido solamente con sus botas de cuero negro y la chica pudo ver libremente todo lo que poco antes le había estado prohibido.
—¡Huy, papaíto! ¡Qué pollón más rico tienes! —exclamó luego de admirar el panorama.
Por un instante más se miraron como para tomar impulso y luego volvieron a besarse en la boca, con las lenguas jugueteando como ya lo habían hecho, sólo que esta vez la mano de la chica pudo coger el obelisco de carne directamente, y sus labios fueron descendiendo poco a poco hasta comerse la punta en forma de fresa violácea.
El cuarto había estado sumido en el silencio, solamente roto por las pocas palabras que se habían dicho, sin embargo, pronto otro sonido dominó la escena, un sonido chapoteante que se incrementó a medida que le muchacha contagió al hombre con su lameteo.
Las callosas manos del empleado no demoraron en obligar a la chica a ponerse en cuatro patas encima de la cama, y luego la hicieron mecerse como un columpio de detrás a adelante. El hombre la cogía de las coletas como si fueran las riendas de una potranca y la hacían toser de vez en cuando en un ejercicio que le embadurnaba su rostro con su propia saliva.
Pero eso evidentemente también le agradaba a la muchacha, por la manera indecente en que empinaba el trasero y lo meneaba a los lados, y por los sonidos que se escapaban de su boca cuando podían.
—¡Lucio! —exclamó la chica, sorprendida, cuando Lucio la empujó de improviso sobre la cama.
La pintura de los labios se le había corrido para entonces y se pasó el dorso de una mano por ellos para limpiarse la saliva.
—No podemos demorarnos mucho con esto... señorita, o llegará su hermana y nos sorprenderá en su cuarto —dijo el hombre haciendo una caricia a una de las mejillas del redondeado rostro de la jovencita y ésta pestañeó varias veces.
Pero no demoró en decidirse y se sonrió entusiasmada.
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