La hallaca que una mamá no podía probar y terminó compartiéndola en el aula de su hijo // The hallaca that a mother couldn't eat and ended up sharing in her son's classroom
Saludos apreciados padres y educadores que hacen vida en esta comunidad. Este pasado viernes, nuestro tan esperado compartir escolar decembrino, fue mucho más que una simple fiesta antes de las vacaciones. Fue un vivo y palpable testimonio de lo que significa educar con el corazón y honrar, sobre todas las cosas, la sagrada unión de nuestra pequeña gran comunidad.
En mi aula, el mundo cabe en 24 sonrisas. 24 historias, 24 realidades distintas. Y este viernes, felizmente, 22 de esos mundos brillaron presentes. Como educadores, sabemos que detrás de cada ausencia, especialmente en días como este, a menudo hay factores económicos que pesan más que la ilusión.
Es una incomodidad y nostalgia de padres que muy bien conocemos los docentes que escuchamos expresiones como: “maestra yo creo que el niño no viene porque Todo está muy caro y no puede traer nada”, “Ay maestra que pena! Hasta la fecha no hemos probado una hallaca”. Esas palabras, dichas con pudor por algunas mamitas, no son solo una declaración; son un recordatorio de nuestra verdadera misión: incluir, siempre incluir.
La escuela, desde el comedor, ofrecía un almuerzo, pero nosotros, los maestros, soñábamos con algo más. Soñábamos con un plato navideño digno, un festín que quedara grabado en su memoria no como una simple ¨Algo nos dieron¨ , sino como un abrazo comunitario.
Con una colaboración simbólica de 2$ por estudiante, nos propusimos hacer magia. Pero la magia verdadera no surgió del dinero, sino de la organización y solidaridad entre colegas. Unos nos volvimos expertos en amasar y envolver hallacas (cada una, un tesoro cuyo valor real supera con creces su costo), otros en hornear ricas tortas, y otros en preparar la acostumbrada ensalada de gallina que acompaña nuestro tradicional plato navideño.
Y, ¿Qué pasó con esos niños cuyas familias atravesaban momentos tan difíciles?
La vocación de servir no conoce de cifras. Entre los mismos maestros, con ese silencioso entendimiento que nos hermana, solventamos lo que faltaba. Porque en nuestra escuela, ningún niño se queda fuera del compartir. Ninguno. La inclusión no es una palabra en un proyecto; es la acción de asegurar que cada plato esté lleno y que cada corazón se sienta parte fundamental de la celebración.
El día transcurrió entre risas, bailes y dinámicas. En mi aula, tuve la bendición adicional de contar con una representante, una mamá que no solo vino a acompañar, sino a servir. Ella, una de las más humildes y de bajos recursos económicos, ayudó a repartir los almuerzos y, al final, pudo probar su respectiva hallaca. En su sonrisa agradecida vi reflejada la de todos: la de los niños, la de las familias, la de nosotros.
Era el círculo completo: servir y ser servidos, dar y recibir, todo en un mismo gesto de amor.
La alimentación es fundamental, sí. Pero la alimentación del espíritu, la que se da con un gesto de inclusión, con un acto de solidaridad silenciosa y con la certeza de que pertenecen, es la que realmente perdura. Este compartir no solo cerró nuestra semana; dejó una huella. Un hermoso recuerdo en su memoria y en la nuestra. El recuerdo de que, cuando educamos con la intención de servir y honrar la unión, hasta el plato más humilde se convierte en un banquete para el alma.
Felices vacaciones, queridas familias. Que lleven en el corazón el mismo calor que nosotros intentamos poner en cada hallaca.
Los maestros somos soñadores por excelencia, soñamos con ver a esos niños en la universidad, soñamos con verlos doctores, policías, enfermeros, ingenieros, arquitectos, abogados....Soñamos con verlos felices y por los caminos del bien el resto de sus vidas. Soñar con un delicioso plato de comida para cada niño ,es un deseo constante de cada maestro, sobre todo en nuestro país.
Gracias por llegar hasta el final y leerme. Espero disfrutaras de ver la cara de felicidad de mis pequeños.
Todas las imágenes son de mi propiedad, Tomadas con mi Redmi 10A
English Version
Greetings to the esteemed parents and educators who are part of this community. Last Friday, our much-anticipated December school gathering was much more than a simple pre-vacation party. It was a vivid and tangible testament to what it means to educate with heart and, above all else, to honor the sacred unity of our small but wonderful community.
In my classroom, the world fits into 24 smiles. 24 stories, 24 different realities. And this Friday, happily, 22 of those worlds shone brightly. As educators, we know that behind every absence, especially on days like this, there are often economic factors that weigh more heavily than hope.
It's a discomfort and longing that we teachers know all too well, hearing expressions like: “Teacher, I think my child isn't coming because everything is so expensive and they can't bring anything,” or “Oh, teacher, what a shame! We haven't even had a hallaca yet.” These words, spoken with a touch of embarrassment by some mothers, are not just a statement; They are a reminder of our true mission: to include, always to include.
The school, through its cafeteria, offered lunch, but we, the teachers, dreamed of something more. We dreamed of a proper Christmas meal, a feast that would be etched in their memories not as a simple "They gave us something," but as a communal embrace.
With a symbolic contribution of $2 per student, we set out to work our magic. But the true magic didn't come from money, but from the organization and solidarity among colleagues. Some of us became experts at kneading and wrapping hallacas (each one a treasure whose true value far exceeds its cost), others at baking delicious cakes, and still others at preparing the customary chicken salad that accompanies our traditional Christmas meal.
And what happened to those children whose families were going through such difficult times?
The vocation to serve knows no bounds. Among ourselves, with that silent understanding that unites us, we teachers covered what was needed. Because in our school, no child is left out of the sharing. Not one. Inclusion is not just a word in a project; it is the action of ensuring that every plate is full and that every heart feels a fundamental part of the celebration.
The day unfolded with laughter, dancing, and activities. In my classroom, I had the added blessing of having a representative, a mother who came not only to accompany us but also to serve. She, one of the most humble and from a low-income background, helped distribute the lunches and, in the end, was able to taste her own hallaca. In her grateful smile, I saw everyone's smile reflected: the children's, the families', and ours.
It was the complete circle: serving and being served, giving and receiving, all in a single gesture of love.
Food is essential, yes. But nourishing the spirit—the kind that comes with a gesture of inclusion, a silent act of solidarity, and the certainty of belonging—is what truly endures. This sharing didn't just bring our week to a close; it left a mark. A beautiful memory in their minds and in ours. The reminder that when we educate with the intention of serving and honoring unity, even the humblest meal becomes a feast for the soul.
Happy holidays, dear families. May you carry in your hearts the same warmth that we try to put into every hallaca.
Teachers are dreamers par excellence. We dream of seeing these children in university, doctors, police officers, nurses, engineers, architects, lawyers... We dream of seeing them happy and on the right path for the rest of their lives. Dreaming of a delicious meal for every child is a constant wish of every teacher, especially in our country.
Thank you for reading to the end. I hope you enjoyed seeing the happy faces of my little ones.
All images are my own, taken with my Redmi 10A
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