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Las dos virginidades

xeniawar

Published: 29 Jun 2018 › Updated: 29 Jun 2018Las dos virginidades

Las dos virginidades

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Nací con dos virginidades. La primera, la perdí. Un futbolista cinco años mayor, se excitaba con mucha facilidad cuando me vestía con mis shorts de girasoles, el de pétalos más grandes se dibujaba sobre el cierre que ocultaba mi sexo oscuro. Vestida así, solía decirme al oído que estaba ansioso por deshojarme la margarita. Nunca supo la diferencia entre los dos tipos de flores, la verdad, sabía muy pocas cosas. Pero lo elemental, que era su fuerte, lo manejaba muy bien. No me quejo. Cogíamos como orangutanes, no por el salvajismo al que sometíamos nuestros genitales negros de sudor espeso, sino por la indiferencia de nuestros cuerpos por el placer del otro. Cada uno resolvía como satisfacerse, con suerte, pocas veces lo lográbamos juntos, esas veces él creía que era amor, supongo que no estaba mal que romantizara la casualidad. Éramos el uno para el otro, es decir, cada uno un recipiente del otro, yo de semen y él de lástima. Mi abuela decía que no hay que andar cogiendo por compasión, pero la bondad siempre me pudo y decidí que fuera así. Aquiles, desde su narcisismo e imposibilidad para expresarse con oraciones de más de cinco palabras me inspiraba ternura. Los veintitrés años de su cuerpo atlético era lo único a lo que se aferraba y yo quería ser parte de eso, por lo que intenté acostarme con el resto del equipo, pero tres de ellos eran gays, con quienes discutí las virtudes del sexo anal, y el arquero creía en la lealtad, creo que amaba a Aquiles, un tipo de amor platónico con miedo a ser consumado.

De esos tiempos universitarios solo conservé mi segunda virginidad hasta hace algunos días que estuve con Benedicto. Un abogado cinco años menor que yo con quien coincidí para defender un caso. Sería muy fácil decir que decidí compartirle mi segunda virginidad porque se preocupa más por los otros que por sí mismo, porque construye impecables oraciones subordinadas cuando habla y es el primer hombre negro, con el que comparto raza, que no me trata de “mi negra”, si algo aprendí de la promiscuidad fue justicia. No porque me sugestione mi profesión, pero cada uno ofreció con convicción, de eso me aseguré, lo que tuvo o lo que quiso dar. Comparar los hombres con quienes cogí solo tendría sentido si quiero hacerle un altar al moralismo con flores de culpa. En la medida en que los años me transforman, mi himen se reconstruye como si comprendiera que aunque son propias y voluntarias, las decisiones no son siempre las mismas. Una reconstrucción que solo es posible cuando existe una conexión entre los genitales y la cabeza, que confirmo cuando observo en Benedicto las razones por las que decido compartir mi desnudez con él y no con otro.

Sentados en el borde de la piscina con los pies dentro del agua, Benedicto y yo, sin ropa, sobrios, nos reímos de las letras de Jay-Z, decido lanzarlo al agua antes de que me responda si quiere nadar, emerge riéndose y me alegra que mis decisiones le gusten. Me lanzo y finjo que me ahogo rebotando mis pezones púrpura con el agua para celebrar que quizá falta mucho tiempo para decidirme por una tercera virginidad.

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