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Capítulo 9: El diagnóstico del cristal

lemayrafael666

Published: 01 Jun 2026 › Updated: 01 Jun 2026Capítulo 9: El diagnóstico del cristal

Capítulo 9: El diagnóstico del cristal

La mañana siguiente llegó con una luz pálida y una lluvia fina que golpeaba los cristales con la persistencia de un código Morse. El Dr. Aris llegó puntual a las diez. Era un hombre de unos sesenta años, con un traje de tweed impecable y unas gafas de montura redonda que parecían amplificar su mirada analítica.
Tom los dejó solos en el salón, cerrando las puertas dobles con un clic que a Ana le sonó a sentencia.
—Ana, me gustaría que habláramos con total franqueza —dijo el doctor, cruzando las piernas y apoyando un cuaderno de cuero sobre sus rodillas—. Su marido está muy preocupado. Cuénteme, ¿qué es exactamente lo que cree haber visto en esta casa?

La confesión de lo imposible

Ana respiró hondo. Durante una hora, descargó todo el horror acumulado. Le habló del zapato de charol que se deshizo en polvo, de la red de cabello humano que latía dentro de las paredes de la cocina y de cómo los nombres de las familias desaparecidas aparecían escritos en el vaho de las ventanas.
—No son solo visiones, doctor —dijo Ana, inclinándose hacia adelante, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño—. La casa se reconfigura. Escondió las pruebas en cuanto Tom entró por la puerta. Quiere aislarme. Quiere que él piense que he perdido la razón para que nadie me ayude cuando... cuando decida que es mi turno.
El Dr. Aris no se inmutó. No mostró sorpresa, ni miedo, ni escepticismo. Se limitó a tomar notas con una caligrafía pequeña y precisa.
—Dígame, Ana —preguntó él sin levantar la vista—, ¿alguna vez había sentido esta "persecución" antes de mudarse a Ámsterdam? ¿O es la primera vez que los objetos... deciden jugar con usted?
—¡No están jugando conmigo! —estalló Ana—. ¡La casa tiene memoria! Hay un sacerdote, el Padre Thomas, él tiene archivos sobre esto...
—Ah, el Padre Thomas —interrumpió el doctor con una sonrisa melancólica—. Un hombre con una imaginación muy vívida, sin duda. Pero la fe y la ciencia suelen ver sombras donde solo hay falta de luz.

El veredicto en el pasillo

Tras terminar la sesión, el doctor salió al vestíbulo, donde Tom esperaba ansioso, jugueteando con su reloj de pulsera. El Dr. Aris le hizo una señal para alejarse unos pasos de la puerta del salón.
—¿Y bien, doctor? —susurró Tom—. ¿Qué le ocurre?
—Su esposa está sufriendo un cuadro agudo de neurosis por desplazamiento acompañada de episodios de paranoia situacional —sentenció el médico en voz baja—. Es una reacción defensiva del cerebro ante un entorno que percibe como hostil. La estructura de esta casa, su antigüedad y el aislamiento social la han llevado a proyectar sus miedos internos en los objetos cotidianos.
—¿Alucinaciones? —preguntó Tom, con una mezcla de alivio y lástima.
—Exactamente. Su mente está "creando" estas pruebas para justificar su deseo de huir de aquí. El cabello, los zapatos, las letras en el cristal... son constructos de un sistema nervioso agotado.
El doctor sacó un pequeño frasco de cristal ámbar de su maletín y se lo entregó a Tom.
—Estas pastillas son un sedante suave, un inhibidor de la dopamina. Quiero que tome una cada noche antes de dormir. Ayudarán a que su cerebro deje de "rellenar los huecos" con fantasías. Necesita que el mundo vuelva a ser... plano y predecible.

La sombra tras el doctor

Mientras Tom acompañaba al Dr. Aris a la salida, Ana observaba desde la rendija de la puerta del salón. Vio cómo el doctor se ponía su abrigo y se despedía.
Sin embargo, justo antes de salir, el Dr. Aris se detuvo un segundo frente al gran espejo del vestíbulo para ajustarse el cuello de la camisa. Ana ahogó un grito. En el reflejo del espejo, el Dr. Aris no tenía rostro; su cara era una superficie lisa de carne pálida, sin ojos ni boca.
Cuando el doctor se giró para darle la mano a Tom, su rostro era de nuevo el del hombre amable de sesenta años.
Tom regresó al salón con el frasco de pastillas en la mano y una expresión de triunfo compasivo.
—Ves, Ana. No es nada que no podamos arreglar con un poco de descanso y estas pastillas. Todo va a volver a la normalidad.
Ana miró el frasco. Sabía que, si tomaba esas pastillas, el muro que la separaba de la casa se derrumbaría por completo. El doctor no había venido a curarla; había venido a desarmar sus defensas.

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