Cuadernos de Isabel #25 El día que no pude terminar la página. [Esp/Eng]
📖 Cuadernos de Isabel #25
El día que no pude terminar la página
Fuente Pixabay
Hola querida comunidad @holos-lotus,
Hay consultas que, sin proponérselo, terminan hablándonos también a nosotros.
Aquella mañana atendí a una mujer con hipertensión que llevaba varios meses intentando controlar sus cifras de presión arterial.
Revisamos sus análisis.
Conversamos sobre su tratamiento.
Y, como tantas otras veces, terminamos hablando de algo que no aparece en ningún examen de laboratorio.
Su rutina.
—¿Está durmiendo bien?
Negó con la cabeza.
—¿Descansa cuando llega a casa?
Sonrió con esa expresión que muchas personas ponen cuando saben cuál será la respuesta antes de decirla.
—No mucho, doctora.
Siempre hay algo por hacer.
Seguimos conversando unos minutos más.
Le expliqué que los medicamentos eran importantes, pero que el cuerpo también necesitaba descanso.
Que el estrés sostenido termina pasando factura.
Que dormir bien no es un lujo, sino una necesidad.
Que muchas veces el organismo comienza a hablar mucho antes de enfermarse.
Solo hay que aprender a escucharlo.
Ella asintió con atención.
Me dio las gracias.
Y salió del consultorio.
La jornada continuó como cualquier otra.
Pacientes.
Historias.
Resultados.
Preguntas.
Más pacientes.
Las horas fueron pasando sin que apenas pudiera detenerme.
Cuando finalmente terminé la guardia, entré al baño del hospital para lavarme las manos antes de salir.
Abrí el grifo.
El agua fría me devolvió un poco de claridad.
Levanté la vista casi por costumbre.
Y allí estaba mi reflejo.
No buscaba mirarme.
Pero me encontré de frente con unas ojeras profundas y un rostro mucho más cansado de lo que había imaginado.
Permanecí unos segundos observándome en silencio.
Entonces recordé las palabras que acababa de repetir durante toda la tarde.
—Debe descansar.
—No puede vivir a ese ritmo.
—Su cuerpo lleva tiempo avisándole.
Sentí una sonrisa inevitable.
No porque la situación tuviera gracia.
Sino porque, de pronto, comprendí algo muy sencillo.
Durante toda la tarde había intentado convencer a una paciente de que escuchara a su cuerpo.
El mío llevaba horas intentando decirme exactamente lo mismo.
Salí del hospital con esa idea acompañándome hasta casa.
Al llegar, dejé la bata donde siempre.
Preparé algo ligero para comer.
Abrí el cuaderno.
Escribí la fecha en la parte superior de la hoja.
Tomé la pluma.
Y esperé que las palabras aparecieran.
No apareció ninguna.
No era falta de inspiración.
Ni de ideas.
Era cansancio.
Del verdadero.
Del que no se resuelve con una taza de café.
Apoyé la pluma sobre la mesa.
En ese momento Max se acercó lentamente y se acostó a mis pies.
Suspiró profundamente, como si hubiera esperado todo el día ese instante de tranquilidad.
Pocos segundos después, Bruno saltó sobre el sillón y se acomodó en mi regazo.
Comenzó a ronronear con esa serenidad que solo los gatos parecen dominar.
Me quedé completamente inmóvil.
No porque ellos me obligaran.
Sino porque, por primera vez en muchas horas, no había ninguna razón para moverme.
Escuché el ronroneo de Bruno.
Sentí la respiración pausada de Max.
Y, sin darme cuenta, empecé a respirar al mismo ritmo.
Pensé en lo curiosos que son los animales.
Nunca sienten culpa por descansar.
No convierten el agotamiento en una medalla.
No necesitan justificar una pausa.
Cuando el cuerpo les pide detenerse, simplemente lo hacen.
Quizás nosotros hemos olvidado esa lección.
Vivimos convencidos de que siempre podemos hacer una cosa más.
Responder una llamada más.
Atender un paciente más.
Escribir una página más.
Como si el cuerpo fuera una máquina incapaz de agotarse.
Aquella noche hice algo que casi nunca hago.
Cerré el cuaderno sin escribir una sola línea.
Apagué la luz.
Y me fui a dormir.
A la mañana siguiente, antes de salir hacia el hospital, abrí nuevamente el cuaderno.
La fecha seguía allí.
Esperándome.
Debajo escribí unas pocas palabras.
Ayer no pude escribir.
Y durante unos minutos pensé que había perdido el día.
Hoy creo que fue justamente al revés.
Mi cuerpo llevaba demasiado tiempo intentando hablar conmigo.
Por primera vez decidí escucharlo.
Quizás cuidar de otros también implica aprender a cuidar de quien está al otro lado del estetoscopio.
No por egoísmo.
Sino porque nadie puede sostener durante mucho tiempo una mano ajena si primero ha olvidado cómo sostenerse a sí mismo.
Gracias por acompañarme en este vigesimoquinto trazo de mis Cuadernos de Isabel. Nos seguimos encontrando en esas pequeñas lecciones que la medicina no siempre enseña en los libros, pero que el cuerpo, con paciencia, termina recordándonos.
Las imágenes son de Pixabay y la traducción al inglés fue realizada con DeepL Translate.
🇺🇸 ENGLISH VERSION
📖 Isabel's Notebooks #25
The Day I Couldn't Finish the Page
Source Pixabay
Hello dear @holos-lotus community,
Some consultations end up speaking to us as well.
That morning I saw a woman with hypertension who had been struggling to keep her blood pressure under control.
We reviewed her test results, talked about her treatment, and eventually about something that never appears in laboratory reports.
Her daily routine.
"Are you sleeping well?"
She shook her head.
"Do you get enough rest when you get home?"
She smiled with the expression of someone who already knows the answer.
"Not really, doctor. There is always something else to do."
I explained that medication was important, but so was rest.
That constant stress eventually leaves its mark.
That good sleep is not a luxury but a necessity.
That the body often starts speaking long before illness appears.
We simply have to learn to listen.
She thanked me and left.
The day continued.
More patients.
More conversations.
More decisions.
When my shift finally ended, I stopped by the hospital restroom to wash my hands before leaving.
As I looked up, I unexpectedly met my own reflection.
Dark circles.
A tired face.
A look that revealed more than I wanted to admit.
I remembered everything I had been repeating throughout the day.
"You need to rest."
"You can't keep living at this pace."
"Your body has been trying to tell you something."
Then I realized something.
All afternoon I had been asking someone else to listen to her body.
Mine had been trying to tell me the very same thing.
When I got home, I took off my white coat, prepared something simple to eat, opened my notebook and wrote the date.
I held my pen.
And waited.
Nothing came.
Not because I lacked ideas.
Because I was exhausted.
Max quietly lay down at my feet.
A few moments later, Bruno curled up on my lap and began to purr.
Without realizing it, I found myself breathing at the same slow rhythm as they did.
Animals never feel guilty for resting.
They don't wear exhaustion as a badge of honor.
When their bodies ask them to stop, they simply stop.
Perhaps we humans have forgotten how to do that.
That night I closed my notebook without writing a single line.
I turned off the light and went to bed.
The following morning I opened the same page again.
The date was still waiting for me.
Underneath it, I wrote:
"Yesterday I couldn't write.
For a moment I thought I had wasted the day.
Today I believe the opposite.
My body had been trying to speak to me for a long time.
For the first time, I decided to listen."
Perhaps caring for others also means learning to care for the person standing behind the stethoscope.
Not out of selfishness.
But because no one can keep holding someone else's hand for very long if they have forgotten how to hold themselves first.
Thank you for reading this twenty-fifth entry of Isabel's Notebooks.
The images are from Pixabay and the English translation was done with DeepL Translate.
Thanks to @bradleyarrow for supporting content on Hive.
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