Goteras en el alma
Se levantó a las tres de la mañana, los ojos abiertos como heridas en la penumbra. La cama era un torbellino quieto, la oscuridad un susurro que dejaba café frío en el paladar. Siempre llovía.
No con furia, sino con esa insistencia que gasta las aceras y las ganas. Desde la ventana, las gotas se deslizaban por el vidrio, borrando el mundo en charcos que medían el tiempo: algunos se evaporaban en horas, otros persistían días, escurridos y pegajosos bajo un cielo marrón.
Encendió la cafetera sin mirar el reloj, el despertador llevaba meses mudo; no había adónde llegar. Sobre la mesa, currículums arrugados, una taza con restos de ayer y un portátil que abría por inercia. Las notificaciones caían como goteras del techo: constantes, inútiles.
Salía cada mañana con paraguas torcido y mochila al hombro, fingiendo una entrevista que no existía. En el autobús, nadie hablaba, nadie parecía despierto.
—¿Tú también vas al centro? —preguntó una vez una mujer con paraguas amarillo, sus ojos verdes brillando bajo el sombrero impermeable.
Él asintió, el corazón un nudo breve. Ella sonrió antes de bajar, tres paradas después. Aquella curva en los labios se le quedó prendida, como un reflejo en ropa mojada.
La volvió a ver frente a una panadería, bolsa de panes calientes en la mano. El aroma a vainilla lo empujó.
Extendió la mano, balbuceando un saludo. Ella sonrió, suave, y presionó un pan tibio en su palma húmeda.
—Toma, para el frío —dijo.
El calor se filtró como un secreto dulce, efímero. Nunca se atrevió a más. Las charlas fugaces eran goteos: llegaban sin aviso, se iban sin rastro.
Los días se repetían en trabajos temporales: descargar cajas en almacenes, repartir bajo luces navideñas, limpiar oficinas vacías. Rostros anónimos, como el suyo. Compañeros hablaban de futuros lejanos, un bar propio, mudarse al norte, aprender algo real.
Él asentía, ¿por qué no soñar lo mismo? Había olvidado cómo.
Elena, de recursos humanos, lo miró dos veces: un lunar junto a la ceja, voz clara como un reloj invisible.
—No prometo nada —dijo al entregarle la carpeta—, pero te llamaré si sale algo.
Cumplió.
Una semana después, él tecleaba cifras en una oficina gris, bajo luces frías que dolían en los ojos. El sueldo llegaba como tregua mensual. A mediodía, comían en silencio; Elena reía a veces, destello de dientes torcidos que rompía el aire. Él intentaba sumarse, pero su carcajada sonaba hueca, como eco en un pozo.
¿Por qué no unirse del todo? La tensión crecía en miradas robadas: ella, con su prisa medida; él, con el peso de lo no dicho.
Al día siguiente, la entrada bullía de uniformes grises y carteles de expropiación. Elena, pálida como papel arrugado, apretaba el puño contra un titular sobre sindicatos traicioneros. Su voz, un hilo tenso, instaba al presidente a pelear. El jefe murmuró de ajustes inevitables, un trimestre difícil. No hubo avances. Solo clics de bolígrafos firmando despidos.
Llovía el día que los echaron a todos. Él firmó sin leerlo todo, el bolígrafo temblando. Salió con el paraguas dado la vuelta por el viento. Caminó hasta un bar donde el suelo olía a cerveza y cigarro rancio. Pidió una, amarga como el café de la mañana; la espuma desbordó, y él la observó caer, lenta.
El hombre de al lado, un excompañero, murmuraba sobre demandas, mirando su móvil apagado. Nadie lo oía.
Él pensó en llamar a alguien —a Elena, quizás; a la mujer del paraguas—, pero ¿qué decir?
Pagó y salió.
El aire frío lo empujó hacia el río. El agua corría espesa, arrastrando ramas y bolsas plásticas.
Recordó a sus padres, envejeciendo en la misma pausa que él repetía: la casa del barrio viejo, retratos amarillentos, el aire cargado de sopa de verduras, ese vapor reconfortante, aliñada con savia subterránea, que su madre removía, mientras su padre leía el periódico con gafas torcidas.
Había huido buscando libertad, u olvido. ¿Valió la pena? Pensó un momento.
Un automóvil pasó, salpicando su pantalón y rompiendo su pensamiento. No se enfadó. Miró las ondas diluirse en el agua, una tras otra, hasta perder forma.
Esa noche no durmió. vSe levantó, encendió la luz y buscó una libreta. Escribió torcido, sin destinatario: «No todo se seca. A veces uno se convierte en humedad». Cerró la tapa. El aguacero regresó, golpeando el tejado con cadencia humana.
Al amanecer, preparó café, sin pan, sin prisa.
Se vistió, tomó la chaqueta y salió. El autobús tardó; observó a la gente subir con cabezas agachadas, gotas en abrigos. En la siguiente parada, subió ella, la del paraguas amarillo. Lo reconoció, sonrió. Él devolvió la curva, el corazón apretado pero firme. No hablaron. No hizo falta.
Bajó tres calles después.
El agua goteaba de los aleros, lenta.
Caminó al río.
El cielo se abría en jirones claros; el olor a tierra mojada trajo el vapor de aquella sopa, un lazo sin deshacer que avivó el impulso de volver.
Se detuvo.
La llovizna susurraba su bienvenida al limbo. Miró su reflejo temblar en el agua. El sol asomó entre nubes. Bastó. Su pulso latió al ritmo del agua como raíz.
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