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Courage & Care

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Published: 04 Aug 2026 › Updated: 04 Aug 2026Courage & Care

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Martes 4 de agosto 2026

Cuentan los viejos que andan en esto desde hace décadas que el rodeo no nació como deporte, ni mucho menos como espectáculo. Nació del trabajo puro y duro, del vaquero que tenía que arrear ganado, lazar un novillo que se había separado del grupo, o domar un potro que nadie más quería montar. En los ranchos de México, de Texas, de California, allá por los años 1800, eso era el pan de cada día. No había público, no había graderías, no había premios. Había polvo, sol, y la necesidad de resolver.

También cambió la forma en que el público lo consume. Antes uno iba al pueblo, se sentaba en una cerca de madera y veía a los muchachos montar. Hoy hay transmisiones en vivo, redes sociales, circuitos internacionales con bolsas de dinero que hace cuarenta años parecían impensables. El rodeo se volvió una industria. Y eso tiene su lado bueno, porque permite que alguien que creció en un rancho chico pueda vivir de esto, pero también tiene su lado complicado, porque a veces se siente que el espectáculo le gana al espíritu original.

La reata, por ejemplo, es lo más personal que tiene el que lazo. Hay quien la compra nueva y la tiene que trabajar semanas antes de que quede buena, porque sale tiesa, sin memoria, sin ese doblez natural que necesita para abrirse bien en el aire. Las hay de nylon, de maguey, de combinaciones sintéticas que antes ni existían. Los viejos todavía juran por la de fibra natural, dicen que tiene un peso distinto, que canta diferente cuando la revoleas.

Las monturas son otro mundo. No es lo mismo la silla que se usa para montar un toro que la que se necesita para una carrera de barriles o para un lazo por equipos. La de jineteo de toro es más chica, más ajustada, casi no tiene arzón alto porque lo que se busca es que el cuerpo vaya pegado, que no haya nada que estorbe cuando el animal pega el primer brinco. La de lazo, en cambio, tiene que ser firme, con un arzón que aguante el tirón cuando se amarra la soga al cuerno. Y la de barriles es más ligera, más libre, porque la jinete necesita moverse, inclinar el peso, acompañar las vueltas.

Las espuelas son de esas cosas que la gente de afuera ve y se imagina que son para lastimar al animal. Y no. El que anda en esto sabe que la espuela tiene una función de equilibrio, de marcaje, de ritmo. Se usan con rodetes que giran, que no se clavan. Hay reglamentos clarísimos sobre el tamaño, sobre el tipo de estrella, sobre si van con o sin punta. El que monta con espuela sabe que si la usa mal se descalifica, y punto.

Las chaparreras son puro cuero grueso que protege la pierna. En el jineteo de toro o de caballo con pretal, el roce contra el pelo del animal, contra la cincha, contra el propio movimiento brusco, te deja la pierna en carne viva si no llevas algo encima. Las hay con flecos largos, las hay más cortas, las hay con adornos bordados que son una locura de trabajo artesanal. Muchos las mandan hacer a medida, con su nombre, con algún dibujo que signifique algo. Son casi una segunda piel.

El sombrero parece un detalle folclórico, pero no lo es. Protege del sol cuando uno está horas en el corral esperando su turno, protege de un golpe si algo sale volando, y además tiene una función práctica que pocos notan: al caer, uno instintivamente lo usa para cubrirse la cara. El que ha sido revolcado por un toro sabe que el ala ancha del sombrero a veces amortigua un golpe contra el suelo que de otra manera sería peor.

Y luego está todo lo que no se ve tanto. La brea, la resina esa que se le pone a la cuerda del toro o al guante para que no se resbale. El chaleco de protección que hoy usan casi todos los jinetes de toro, que antes no existía y uno montaba en camiseta. Las muñequeras, los guantes de cuero grueso que en el lazo por equipo se vuelven indispensables porque la cuerda a velocidad te pela la palma en un segundo.

Del lado del animal también hay implementos. El pretal de flanco, que es esa banda acolchada que se le pone al toro o al caballo para estimular el brinco sin lastimarlo, tiene sus especificaciones, su ancho mínimo, su material. Las protecciones de patas para los caballos de barriles, las vendas, las campanas en los cascos para que no se lastimen al pisarse en la carrera.

Lo bonito, o lo curioso, es que detrás de cada pieza de esas hay un artesano, un talabartero, un fabricante de cuerdas que lleva años en el oficio. El rodeo mueve una economía de cosas hechas a mano que en otros deportes ya desapareció. Uno todavía puede ir a un taller donde un señor cose una montura durante tres meses, pieza por pieza, y eso no lo reemplaza ninguna fábrica. Y el que compite lo agradece, porque sabe que ese cuero va a estar con él en las buenas y en las malas, en el polvo del corral chico y en la arena del estadio grande.

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El que se mete a competir en un rodeo por primera vez suele llegar con una idea romantizada, como de película. Se imagina el aplauso, la adrenalina, el momento de salir por el portón. Y todo eso existe, claro. Pero lo que también existe es un montón de cosas que hay que preparar antes, un montón de decisiones que se toman en silencio, en la camioneta, mientras uno se pone las botas y repasa mentalmente lo que va a hacer. Porque el rodeo da mucho, pero también cobra, y si uno no va con la cabeza fría, la cuenta puede salir cara.

Lo primero que la gente nota, lo que se ve desde afuera, es el cuerpo. El que compite desarrolla una condición física que no se parece a la de ningún gimnasio. No es solo fuerza, aunque fuerza se necesita y mucha. Es una fuerza rara, funcional, la de aguantar un tirón de cuatrocientos kilos con una cuerda en la mano, la de mantener el centro de gravedad cuando el suelo se mueve debajo. Los reflejos se afinan de una manera que después sirven para la vida entera. Uno aprende a leer el movimiento de un animal en fracciones de segundo, a anticipar, a reaccionar antes de pensar. Eso no se compra, eso se gana con años de caerse y volverse a subir.

Hay también una comunidad que el que no anda en esto no termina de entender. En una competencia uno se encuentra con gente de pueblos distintos, de ranchos distintos, pero que habla el mismo idioma. Se comparten tips, se prestan herramientas, se ayuda al que se quedó sin una correa o al que tiene un caballo cojo y necesita un veterinario urgente. No es un deporte individual en el sentido frío de la palabra. Aunque uno entre solo a la arena, atrás hay un equipo, hay un lazo que alguien más le sostuvo, hay una mano que le ajustó la cincha. Eso genera un sentido de pertenencia que es difícil de encontrar en otros ámbitos.

El equipo se revisa. Se revisa siempre. No importa si uno lo usó ayer y estaba perfecto. La cincha se pasa por las manos buscando un hilo suelto, una rozadura en el cuero que mañana puede ser una rotura. La espuela se ajusta, el casco se prueba, las hebillas se aprietan. Y no se hace por rutina vacía, se hace porque uno sabe, o debería saber, que una correa que falla arriba de un animal en movimiento no perdona. El chaleco de protección no es opcional, aunque haya quien lo use por obligación reglamentaria más que por convicción. El que ha visto a un compañero llevarse una patada en el pecho entiende para qué sirve.

El terreno se camina antes. Uno va a la arena, pisa la tierra, ve si hay zonas encharcadas, si el suelo está demasiado duro o demasiado blando, si hay alguna irregularidad que pueda hacer tropezar a un caballo en plena carrera de barriles. Parece una tontería, pero una piedra mal puesta, un desnivel de dos centímetros, cambia todo. Se revisan los portones, se habla con los que manejan el ganado para saber qué animales van a tocar, si hay alguno que tiene mañas conocidas, si alguno viene golpeado del viaje y puede reaccionar raro.

Con los animales hay una precaución que va más allá de lo físico. Uno tiene que leer al bicho. Un toro que está excesivamente nervioso, un caballo que tiene la mirada rara, que no come, que se resiste al embarque. Eso se comunica, se reporta, y si es necesario se pide el cambio. No se trata de ganar a cualquier costo. El que maltrata, el que fuerza a un animal que claramente no está en condiciones, no solo hace daño: se expone a una reacción impredecible que lo puede lastimar a él también. El respeto al animal no es un discurso bonito, es una medida de seguridad práctica.

Lo último, y tal vez lo más difícil de aprender, es saber cuándo retirarse de una monta. Si uno siente que perdió el control en el primer brinco, si la cuerda se está deslizando, si el cuerpo ya no responde como debería, soltarse no es perder. Es elegir. Porque el que se queda por orgullo, por no querer que lo vean caer, muchas veces termina en una situación mucho peor que una caída limpia. El rodeo enseña humildad, y la mayor humildad es aceptar que hoy no fue el día, que el animal ganó esta ronda, y que mañana hay otro portón que se abre.

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Como ya casi se acaba el número de caracteres de la caja de información, les dejo con la canción que le pedí a SUNO, esperando que esta publicación les haya servido, no solo como entretenimiento, sino que les haya aportado un poco, una chispa de contenido que genera valor.

🎵 🎶 🎶 🎶 🎵 🎼 🎼 ♬ ♫ ♪ ♩

Esta fue una canción e información útil de martes.

Gracias por pasarse a leer y escuchar un rato, amigas, amigos, amigues de BlurtMedia.

Que tengan un excelente día y que Dios los bendiga grandemente.

Saludines, camaradas "BlurtMedianenses"!!

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