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Atrapada en el Espejo (Parte 2) | Dito Ferrer

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Published: 16 Mar 2022 › Updated: 16 Mar 2022Atrapada en el Espejo (Parte 2) | Dito Ferrer

Atrapada en el Espejo (Parte 2) | Dito Ferrer

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Este texto es una continuación. Para ir a la parte anterior Parte 1
La obra completa se compone de cinco partes.


Parte 2

La calle donde se encuentra tiene cierto colorido tropical, casi como una jungla. No existen sabanas amplias pero tenemos una calle ancha, de pocas cuadras pero concurrida. A cada lado de la misma se observan todo tipo de establecimientos: tintorerías, bares, cafeterías, moteles, casas de juego. Cada establecimiento tiene un cartel luminoso y el reflejo de estos bañan las aceras, la calle y algún que otro vestido brilloso.

Ahora que lo piensa de esa forma sería divertido comparar este sitio con una selva tropical. Sonríe.

«Por ejemplo: los trabajadores de la cafetería pudieran ser la manada de elefantes, son muy viejos y ya que llevan mucho tiempo aquí nadie los toca. Son animales que sólo se preocupan por ellos mismos y practican una indolencia hacia los demás realmente increíble. Ya en este lugar se ha caído medio mundo varias veces y ellos sólo se limitan a, lentamente, cerrar las puertas de su negocio y encerrarse dentro a ver televisión. ¡Sí, ellos son los elefantes!

»Aquellas de allá son las jirafas, las personas de la guardería para vagabundos y enfermos mentales. Siempre con el cuello estirado, pendientes a cualquier chisme sustancioso. Con su cuello largo miran por encima de las cabezas de todos los demás creyéndose superiores porque cumplen una función social, ayudan a los desamparados y su conducta ética es el ejemplo a seguir para salvar el barrio. Mientras más alto tengan su cabeza menos se percatan que sus patas están enterradas en el fango, incluso por debajo de todos nosotros. La señora dueña del negocio se cree una gran dama pero todos sabemos que esconde en el cobertizo las botellas de brandy que tanto le gustan y que compra de contrabando. Y, ¿qué me dicen de su esposo? Se las da de hombre recto pero los fines de semana no duda en buscarme y paga por mis servicios, especialmente si me pongo el disfraz de monja y le recito al oído sus pecados ¡viejo asqueroso! No por gusto su mujer bebe de esa manera.

»Más adelante podemos ver el grupo de las cotorritas, son mis compañeras de profesión. Estamos dispersadas a los extremos de la calle. Lo atractivo de nuestro plumaje es lo que da colorido sin duda a la noche. Parloteamos, nos reímos, gritamos, peleamos, siempre dispuestas a cazar cualquier insecto y llevárnoslo a cualquier entrecalle oscura donde los devoramos tranquilamente. Y muy gustosos se sienten esos pobres animalitos de que los devoremos.

»Como en cada jungla no pueden faltar los depredadores, sin ellos tampoco sería posible. Ahí está la policía, ellos son las hienas, animales de carroña incapaces de cazar pero muy eficaces para detectar la carne muerta. Siempre se les ve merodeando el barrio consumiendo sin pagar, cuando se le necesita nunca están pero si una recibe una golpiza o a algún cliente" no le gusta el servicio enseguida aparecen para chantajearte y extorsionarte ¡Malditos!

»Pero por encima de todos los animales sin duda está el rey de la selva: el león. La manada de leones; los depredadores dominantes, los macho alfa... No cabe dudas que estos son los chulos, proxenetas, vividores o como su sensibilidad prefiera llamarlos. Ellos son los que controlan el barrio. ¿Quién trabaja? ¿Dónde lo hace? ¿Cuánto cobra? ¿Cuánto paga? Me han ordenado incluso qué debo vestir, pero yo me he resistido. Esa gente vulgar no tiene clase y si por ellos fuera andaría vestida todo el día sólo con ropa interior y una bufanda de piel de leopardo alrededor de mi cuello ¡Sería fatal! Una puede ser puta pero no ofrecida.

Estos leones seleccionan una víctima por día, la atacan pero no la devoran, más bien la secan y la hacen salir al otro día muerta de hambre. Todas obedecemos aunque no nos guste. De vez en cuando alguna valiente se rehúsa a cooperar, pasamos unos días sin verla hasta que nos la encontramos en algún basurero o incluso en la portada de algún periódico, siempre muerta y con la boca llena de hormigas ¡hijos de p...!

»Bueno, esta es mi selva, fue divertido pensarla así, de todas formas la prefiero mil veces a la selva donde crecí, al menos aquí tengo un lugar.»

La selva donde creció..., pueblo pequeño, muy pequeño, poco acostumbrado a los placeres de la carne. Todo allí estaba prohibido y lo que no, era porque no se habían dado cuenta que lo podían prohibir también. Cuando las personas "se enteraron" no le dieron tregua, sus mejores amigos le dieron la espalda, la señalaban en la calle, daba lugar a todo tipo de burlas y comentarios.

La familia no se recuperó nunca; "vergüenza", era lo único que repetían cada vez que podían. Nadie preguntó por qué, nadie quiso buscar respuestas o dárselas, nadie se dio cuenta que seguía siendo la misma persona. En ese momento se lo preguntó por primera vez, «¿quién soy yo? ¿por qué nadie me ve? ¿seré tan diferente o los que son diferentes son ellos? ¿qué es lo normal? ¿qué es lo correcto y quién tiene derecho de imponerlo?»

Por supuesto, nadie tiene respuestas para estas preguntas. Es normal alarmarse, sentir miedo cuando algo escapa nuestro control. Pero el acto de juzgar, eso es pura maldad. Acomodarse tranquilamente en el estrado, mirar desde arriba al acusado y pretender que nunca nos vamos a sentar en esa silla. Emitir criterios vacíos dando explicación a sucesos que nunca hemos vivido y sentimientos tan puros y transparentes que nos parecen groseros.

Mirar al acusado a la cara esperando humillarlo con el peso de la culpa. Pero la verdadera culpa está en nosotros y eso nos irrita y nos impide sostenerle la mirada. Por eso a un inocente se le juzga siempre sin mirar a sus ojos.

«La primera vez que aprendí esa lección fue duro, pero hubiese podido soportarlo. Siempre me creí fruto frondoso de la misma ceiba. Sentía que podía alzarme alto y buscar el cielo. Me creía pegada al tronco de ese árbol. No me importaba lo mucho que soplara el viento, no iba a ser arrancada. Pero mientras caía al suelo, chamuscada, vapuleada y separada a la fuerza, me di cuenta que no fue el viento. Este solo me susurraba mientras caía: NO HAY PEOR CUÑA QUE LA DEL MISMO PALO"»

(Continuará)

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