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La pesadilla de Malcom Kipps

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Published: 18 Jul 2026 › Updated: 18 Jul 2026La pesadilla de Malcom Kipps

La pesadilla de Malcom Kipps

​El café de la oficina siempre sabe a metal, a papel quemado y a las horas muertas que se me escurren entre los dedos. Tres días sin dormir. Mis ojos no pesan, me arden, como si tuviera cristales molidos bajo los párpados.

Sobre el escritorio, el expediente de Abigail es un desastre que ha ido creciendo como un tumor. Fotos amarillentas, recortes de prensa manchados de grasa, anotaciones que garabateé en servilletas en la madrugada y que ahora ni yo mismo entiendo del todo. Mis compañeros pasan de largo. No me miran. Me esquivan, como si la muerte de esa niña fuera una peste que se me pegó a la piel, una marca de fracaso que nadie quiere contraer.

​Odio el ruido del arroyo. Es un zumbido constante en mi base del cráneo, un gorgoteo que nunca se apaga, ni siquiera cuando me meto en la cama y cierro los ojos con fuerza.

​Tenía nueve años cuando el tipo se la llevó. Recuerdo el zapato de charol hundido en el barro, atrapado como una trampa para ratones. Recuerdo el frío clínico de su piel cuando la saqué del agua. ¿O fue así? A veces, las piezas del rompecabezas simplemente no encajan.

Intento reconstruir el mapa de esa tarde, pero los bordes están quemados. Me giro, encuentro una pista, alguien que me señala el camino —un testigo, una voz al fondo del pasillo— y cuando trato de agarrarlo, me quedo con el aire en la mano. Solo es un perchero. O una sombra que se ríe de mí desde la esquina de la comisaría.

​Mi placa pesa. Demasiado. Es un trozo de metal inútil que me recuerda quién se supone que soy. El "Detective Kipps". Qué broma tan pesada. Mis dedos tiemblan. El bolígrafo atraviesa el papel. Otra vez la punzada en la sien: tic, tac, tic, tac. Es el agua golpeando las piedras. Necesito aire. El aire de aquí adentro está viciado por el tabaco ajeno y el desprecio de mis jefes.

​Estoy otra vez en el arroyo.

​El lodo me chupa las botas, un abrazo viscoso que tira de mí hacia abajo. Me hundo de rodillas en el mismo lugar de siempre. Busco. Mis manos hurgan en la tierra podrida, entre los juncos muertos, buscando esa prueba definitiva, el ADN, el objeto que por fin cierre todo y obligue a este mundo a reconocer lo que veo.

Mis uñas están negras de barro. Mis nudillos están pelados. Encuentro algo frío, duro. Un objeto. Lo saco con cuidado, conteniendo el aliento, con el corazón martilleando contra mis costillas.
​Es una piedra. Solo una maldita piedra lisa, pulida por años de corriente. Nada más.

​El aire se me corta de golpe. El bosque se queda en un silencio absoluto, un silencio que se burla de mi desespero. Miro alrededor y los árboles me escupen la verdad. No hay rastro de neumáticos. No hay asesino oculto entre los arbustos observándome con triunfo. No hay Abigail esperándome en ninguna parte. Solo estoy yo, un hombre roto, arrodillado en la humedad, hablándole a la nada, mojándome los pantalones y perdiendo los últimos jirones de dignidad que me quedaban.

​Me toco la cara. La piel se siente extraña, ajena. ¿Quién soy? ¿A quién estuve persiguiendo durante tantos años?

​El desconocido no existe. Nunca existió. Abigail no fue una víctima, es solo el hueco que dejé en mi cabeza para no tener que mirar lo que realmente soy. El asesino no estaba escondido en el bosque. El asesino ha estado usando mis ojos para mirar el mundo, ha estado caminando con mis piernas, ha estado redactando informes falsos con mis manos. Por fin nos hemos encontrado.

​Me levanto. Mis piernas apenas me sostienen. Camino hacia el agua, escuchando cómo el arroyo, finalmente, guarda silencio. Es hora de dejar de investigar. El caso está resuelto.

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